“Nací en una familia muy humilde. Y ahora, a toro pasado, creo que fue una suerte. Recuerdo que mis padres siempre nos decían, a todos sus hijos, que éramos “pobres, pero honrados”. Entendí y me quedó marcado a fuego, en el ADN, que se debía ser honrado, sin duda alguna; pero siempre me intranquilizaba el pensamiento de que debía ser pobre. Toda mi vida.
–“Padre, ¿se puede ser rico, pero honrado?”, le pregunté a mi progenitor en cierta ocasión.
Durante su jornada laboral compaginaba el trabajo en un taller mecánico, como oficial soldador, con las tareas de mantenimiento de una preciosa huerta de cerca de una hectárea, con animales incluidos. Por su parte, mi madre dirigía la casa y simultaneaba su labor diaria en casa con las faenas de limpieza que realizaba para otras familias, además de dejarse la vista montando filamentos para lámparas al volver de nuevo a casa.
Cuando, al volver del colegio o los fines de semana –y mientras mis amigos jugaban con bicicletas que yo nunca tuve–, me tocaba arremangarme y, junto a mi padre y mi hermano mayor, ponerme a recoger los garbanzos, sembrar las habas o arrancar las malas hierbas del huerto entendí que, o cambiaba mi vida, o nunca conseguiría salir de una inercia que amenazaba con hacer de mi existencia un calco a la de mis padres.
Fue entonces cuando me entraron unas ganas de ser rico, además de honrado y trabajador, que todavía hoy, transcurrido no poco tiempo, todavía no se me han pasado. Y que me duren. Aunque ahora, ser rico ya no sería suficiente…
Algo más mayor, con el fin de escapar de las faenas de la huerta, me preocupé de encontrar trabajos externos para ocuparme de ellos mientras seguía estudiando. Mi favorito era el de vendedor “a puerta fría” y sin un sueldo fijo, sino a comisión sobre lo vendido. Llevaba chaqueta y corbata, y eso me resultaba muy emocionante; me hacía sentirme mayor e importante. Visto con ojos actuales, qué tontería, ¿verdad?
Aprendí a entrar en las casas “por mi cara bonita”, a hacerme amigo de las familias echándole optimismo y, por qué no decirlo, aprovechando al máximo mi sonrisa angelical, y a subirme a mi mismo la moral cuando muchas veces me cerraban la puerta en las narices. Me convertí en un vendedor valiente, a quien no le importaba recibir un no por respuesta. Un trabajo que no me iba a hacer rico, pero a cambio me formaba como futuro hombre de negocios. Entendí entonces que debía cambiar la universidad por seminarios profesionales de ventas, cursos de Marketing y masters en finanzas; siempre, en horario nocturno.
Y en aquellos ambientes académicos es donde escuché por primera vez que las crisis son necesarias. Porque mientras que los ricos seguirán siéndolo siempre, y los pobres vivirán entre estrecheces de por vida, una crisis sacude con fuerza los cimientos de la economía para que caigan los ricos acomodados, que no tienen capacidad de reacción, y dejen paso a las jóvenes promesas. Dicho de otro modo: aquellas empresas muy endeudadas, o demasiado grandes para organizarse bien, pierden posicionamiento o llegar a desaparecer en épocas de crisis.
Es el momento que todos los hijos de pobres estamos esperando para posicionarnos, ofreciendo más y mejores servicios a los clientes, y mayor capacidad de adaptarnos a los cambios, y por ende a unas necesidades que no son las mismas que en tiempos de bonanza económica. Nos posicionamos, con ahínco y cuando vuelva a cambiar el ciclo recogeremos los frutos, y nos situaremos donde siempre hemos soñado.
A eso, que ya dominaban los sabios orientales de la antrigüedad, se le llama aprender de los errores de los demás. Por eso, cuando seamos ricos no caigamos en la trampa que en la que sucumbieron nuestros ídolos pasados, hoy olvidados. Hay, eso sí, un problema: ahora, nuestros hijos serán hijos de ricos, por lo que todo vuelve a empezar. Pero de eso ya hablaremso en otra ocasión.






Todo esto está muy bonito, sr. López, pero se ha saltado el paso de vendedor-al-que-ni-le abren-el-portero-automático a millonario. Nada, una tontería sin importancia.
¡Qué pereza dan todos estos que dicen que las crisis son estupendas¡
No se sabe si son unos jetas o si están un poco desnortados. En todo caso yo dejaba que, uno por uno, los cuatro millones de parados le explicaran al oido por qué a continuación le van a dar un rodillazo entre las piernas…
pues a mi me ha gustado la parabola. claro
que se podian haber puesto mas cosas, pero
lo que quiere decir es que es tiempo de
oportunidades para los que las quieren
aprovechar
…ESA TRAYECTORIA DE HONRADEZ…
Muy bien dicho, Javier. Enhorabuena por volver a la carga.
Se ha dejado muchas cosas…como salió de vivir en la calle, por ejemplo…
O como se enfrentó con General Motors…
Como subir de 0 a 500 franquicias…
O Como caer de 500 a 100…
La verdad es que espero que siga escribiendo
en Youtube también se le encuentra:
El artìculo me pareciò interesante. Es una expèriencia de niñez financiera negativa hasta la madurez financiera po$itiva. No hay que quedarse sòlo en el “discurso” y ver què ha dicho alguien para “polemizar”. En mi caso me aprovecharè de lo positivo del mensaje sin importarme si el autor “contò toda su historia personal”. Su vida personal no me interesa tanto como “el mensaje” que se debe extraer de entre lìneas.
Recientemente conocì una frase de un nuevo escritor, Gene Alfana, cuyo reciente libro acabo de comprar y que coincidencialmente se titula “Hijo Rico, Hijo Pobre” (parecido pero muy distinto al tìtulo de este artìculo). La frase dice que “No hay peor Ciego que un Sordo” (Por Gene Alfana) y creo que tiene un doble sentido muy razonable. Los ciegos “ven” con sus oìdos, en cambio los Sordos no pueden “oir” con sus ojos. Aunque la excepciòn serìa un sordo con muy buena vista que sepa “leer” los labios a gran distancia. Pero de todas maneras se perderìa el canto de los pàjaros y el susurro de los arroyuelos.
Gracias al Autor de este artìculo por querer enseñarnos algo sin ningùn costo.
Eugenia
Y gracias a usted por su comentario. Esperamos que encuentre más contenido de su interés en la página.
Un saludo.