“De responsables irresponsables y otras malas hierbas”, por Jaime R. Parrondo, socio-director de JJ ComunicAcción

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Los malos directores de Franquicia, como los vinos sin madre, nunca pueden engañar al buen paladar. De hecho, el afamado Caballo de Atila fue menos perjudicial para las verdes campiñas del Viejo Continente de lo que ha resultado la nefasta invasión sobre el mundo de la franquicia de aquellos que pretenden pastar por sus fueros sin mayor título que su osadía de charlatanes de multinacional, ejecutivos del garbanzo o temporeros de la vida.

Las más resplandecientes frutas de desecho de la incipiente civilización postindustrial hispana –y sus apartidas más allegados– se sientan a una mesa en cualquier foro, congreso o feria, con la vana pretensión de verse automáticamente convertidos en sapientes directores de Franquicia. Vano empeño.

No resulta difícil reconocer y desenmascarar a estos nuevos ricos de la expansión por franquicias: por más que intenten seleccionar franquiciados con aires de cristiano viejo de La Rioja, aceptar locales con el aplomo de un “aizkolari” euskera o firmar contratos con la sobriedad de un hidalgo toledano, la “horterina” –esa sustancia delicuescente que recorre todo su ser a flor de piel– tiene un olor capaz de engañar a un bávaro del Norte de Europa o a un jefe de gobierno sudamericano, pero jamás medrará ni camelará a quienes saben – y son muchos los que saben– que nuestro sistema de colaboración empresarial es como el Mus: las señas nunca pueden ser falsas.

Pero lo más curioso no es el hecho de que intenten hacer señas falsas, sino que incluso cuando las hacen auténticas se les nota “el pelo de la dehesa”, la torpeza del advenedizo y la inseguridad de quien se reconoce indigno en el más recóndito rincón de su desolada alma de “grumete”. Su arma pretendida para realizar el vano intento de confundir al verdadero ejecutivo de la franquicia –esos Javieres Pelayos, esas Marías Zamácolas, esos Juanjos Peraítas…– es la fe que ponen en juego, su interés aparente y la constancia que suelen dedicar para lograr codearse periódicamente con gentes a las que nada les une sino, acaso, el común aburrimiento. Pero esa fe de los nuevos conversos, como la que siempre anima a los jenízaros de cualquier secta, no produce más ilusión de verdad que la producida por una marioneta de polichinela en un jardín de infancia: hasta los niños se ríen de ella a los cinco minutos.

Confunden semejantes intrusos la franquicia con las témporas, el tocino con la velocidad, la selección de franquiciados con la jactancia pueblerina y el trato con la prensa especializada con una letanía laica. Uno sólo de sus numerosos errores de léxico sirven para desenmascararles: son aquellos que cuando hablan del saber hacer de su enseña pronuncian “nojau”, más habituados a las películas de indios y vaqueros que a conocer seriamente una fórmula de hacer negocios que lleva funcionando exitosamente más de medio siglo. Son los mismos que han descubierto boquiabiertos que al tenis se jugaba antes de que Nadal les sonriese desde la pantalla de plasma de sus cuchitriles y en nada se diferencian de los que ignoran que el golf no ha sido inventado por Tiger Woods. Pero no hay que esperar a que se les caliente la boca; basta con echarles una mirada al sentarse a su lado, en una de esas mesas redondas que organiza la feria de turno y a las que últimamente invitan a cualquiera. La prisa, tanto al hablar del inicio de la expansión de su enseña, como la rigidez que acompaña sus gestos al valorar su “techo” de desarrollo, cuando están concedidas todas las zonas de exclusividad posibles, les delata indefectiblemente: no tienen ni geisha idea.

Por eso, cuando esos Víctores Pachecos, esos Emilianos Bermúdez, esos José Marías Neiras… se ven sentados junto a tanta mediocridad, cuando se ven obligados a compartir mesa con semejante turbamulta, contemplan al falso profesional, al advenedizo al que las cuestiones sorprenden desprevenido, con la guardia baja y las respuestas desactivadas, y que en lugar de dejar claro al interlocutor que la pregunta ofende, dejan que se les transparente la trastienda de su pobre personalidad. No en vano han llegado a directores de Expansión o Franquicia a través del cauce facilón de haber sido con anterioridad simples y llanos franquiciados; como si pasar de cocinero a fraile estuviese al alcance de cualquier mindundi.

Ese directivo de semilujo, que sólo sabe de franquicia de lunes a viernes, lo mismo que practica el squash y el erotismo familiar sólo en fines de semana, es capaz de convertir la más sutil y genial de las fórmulas de colaboración empresarial en hamburguesa de pavo light, corrida de toros televisada o cualquier otro fruto desaborido, insípido e inodoro. Aunque bien mirado son ese imprescindible “contrario” –ese “jang”, sin el que el “jing” no tendría sentido–, que resalta aún más las cualidad del esos Pacos Calzadas, esos Davides Estébanez, esas Tanas Benasulys… vamos que sin ellos, la gloria cierta del sabedor no resplandecería con el mismo brillo. Los directores de Expansión “de pro” son los únicos que verán sobre su lápida –quiera Alá que dentro de muchos años– las osadas palabras que figuran en la tumba del Gran Capitán: “Su gloria no pudo ser enterrada con él”. O como reza literalmente, en la granadina Iglesia de San Jerónimo: “Gloria sua nemini Consepultat”. Amén.

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